Desde siempre he tenido ganas e interés por viajar a Marruecos.
Su luz diferente, sus colores, su gente, su comida… poder acercarme allí y conocerlo en persona ha sido una de las cosas más enriquecedoras que he hecho en mucho tiempo.
Nada más salir del aeropuerto, el aire que se respiraba y el rayo de luz que lanzaba el sol ya eran distintos. La forma en la que la gente te recibe, su calma… todo es diferente en un país como Marruecos.
Llegamos a la ciudad de Marrakech en autobús y nos perdimos por sus calles. Perderse, encontrarse, olvidar, recordar… en estas calles se hace de todo. Calles estrechas, repletas de gente y de tiendas. Esquivando a quien va sobre un burro, pisando un suelo sin bordillos… es otro mundo, sin duda.
Lo que más me llamó la atención fue, sobre todo, la magia y el color que surge en las calles en cuanto cae la noche y llega la oscuridad. Las calles, de color naranja, siguen siendo cálidas y atractivas incluso cuando las temperaturas bajan por la noche; esa sensación acogedora sigue viva en el ambiente.
La gente hace vida en la calle, los niños juegan fuera, con un balón, con una piedrita o con cualquier cosa que encuentran. Las tiendas están abiertas hasta tarde y delante de tus ojos se muestra un pueblo lleno de vida.
Para que lo podáis entender mejor, os dejo una selección de fotografías para que lo veáis por vosotros mismos. Disfrutad…





























